La Palabra de Dios

En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulo Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulo Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y arma Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
«¿A quién buscáis?»
Le contestaron:
«A Jesús, el Nazareno.»
Les dijo Jesús:
«Yo soy.»
Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
«¿A quién buscáis?»
Ellos dijeron:
«A Jesús, el Nazareno.»
Jesús contestó:
«Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos»
Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste.» Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
«Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?»
La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.» Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:
«¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?»
Él dijo:
«No lo soy.»
Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó:
«Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondida ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.»
Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaban allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
«¿Así contestas al sumo sacerdote?»
Jesús respondió:
«Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?»
Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:
«¿No eres tú también de sus discípulos?»
Él lo negó, diciendo:
«No lo soy.»
Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
«¿No te he visto yo con él en el huerto?»
Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
«¿Qué acusación presentáis contra este hombre?»
Le contestaron:
«Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos»
Pilato les dijo:
«Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley.»
Los judíos le dijeron:
«No estamos autorizados para dar muerte a nadie.»
Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
«¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó:
«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
Pilato replicó:
«¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
Jesús le contestó:
«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
Pilato le dijo:
«Conque, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó:
«Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»
Pilato le dijo:
«Y, ¿qué es la verdad?»
Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo:
«Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
Volvieron a gritar:
«A ése no, a Barrabás»
El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
«¡Salve, rey de los judíos!»
Y le daban bofetada Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
«Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.»
Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
«Aquí lo tenéis»
Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
«¡Crucifícalo, crucifícalo!»
Pilato les dijo:
«Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él.»
Los judíos le contestaron:
«Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios»
Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
«¿De dónde eres tú?»
Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
«¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?»
Jesús le contestó:
«No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.»
Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
«Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César.»
Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
«Aquí tenéis a vuestro rey.»
Ellos gritaron:
«¡Fuera, fuera; crucifícalo!»
Pilato les dijo:
«¿A vuestro rey voy a crucificar?»
Contestaron los sumos sacerdotes:
«No tenemos más rey que al César.»
Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judío» Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
«No, escribas: «El rey de los judíos», sino: «Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos.»»
Pilato les contestó:
«Lo escrito, escrito está.»
Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
«No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca.»
Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldado Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre.»
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
«Tengo sed.»
Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
«Está cumplido.»
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron.»

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judío Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Carátula Evangelio / Evangelho 1

Evangelho João 18, 19

Naquele tempo: Jesus saiu com os discípulos para o outro lado da torrente do Cedron. Havia aí um jardim, onde ele entrou com os discípulos. Também Judas, o traidor, conhecia o lugar, porque Jesus costumava reunir-se aí com os seus discípulos. Judas levou consigo um destacamento de soldados e alguns guardas dos sumos sacerdotes e fariseus, e chegou ali com lanternas, tochas e armas.

Então Jesus, consciente de tudo o que ia acontecer, saiu ao encontro deles e disse:

‘A quem procurais?’

Responderam:

‘A Jesus, o nazareno’.

Ele disse:

‘Sou eu’.

Judas, o traidor, estava junto com eles.

Quando Jesus disse: ‘Sou eu’, eles recuaram e caíram por terra.

De novo lhes perguntou:

‘A quem procurais?’

Eles responderam:

‘A Jesus, o nazareno’.

Jesus respondeu:

‘Já vos disse que sou eu. Se é a mim que procurais, então deixai que estes se retirem’. Assim se realizava a palavra que Jesus tinha dito:’Não perdi nenhum daqueles que me confiaste’.

Simão Pedro, que trazia uma espada consigo, puxou dela e feriu o servo do sumo sacerdote, cortando-lhe a orelha direita. O nome do servo era Malco.

Então Jesus disse a Pedro:

‘Guarda a tua espada na bainha. Não vou beber o cálice que o Pai me deu?’

Conduziram Jesus primeiro a Anás. Então, os soldados, o comandante e os guardas dos judeus prenderam Jesus e o amarraram. Conduziram-no primeiro a Anás, que era o sogro de Caifás, o sumo sacerdote naquele ano. Foi Caifás que deu aos judeus o conselho:

‘É preferível que um só morra pelo povo’.

Simão Pedro e um outro discípulo seguiam Jesus. Esse discípulo era conhecido do sumo sacerdote e entrou com Jesus no pátio do sumo sacerdote. Pedro ficou fora, perto da porta. Então o outro discípulo, que era conhecido do sumo sacerdote, saiu, conversou com a encarregada da porta e levou Pedro para dentro. A criada que guardava a porta disse a Pedro:

‘Não pertences também tu aos discípulos desse homem?’

Ele respondeu:

‘Não’.

Os empregados e os guardas fizeram uma fogueira e estavam-se aquecendo, pois fazia frio. Pedro ficou com eles, aquecendo-se.

Entretanto, o sumo sacerdote interrogou Jesus a respeito de seus discípulos e de seu ensinamento.

Jesus lhe respondeu:

‘Eu falei às claras ao mundo. Ensinei sempre na  sinagoga e no Templo, onde todos os judeus se reúnem. Nada falei às escondidas. Por que me interrogas? Pergunta aos que ouviram o que  falei; eles sabem o que eu disse.’

Quando Jesus falou isso, um dos guardas que ali estava deu-lhe uma bofetada, dizendo: 

‘É assim que respondes ao sumo sacerdote?’

Respondeu-lhe Jesus:

‘Se respondi mal, mostra em quê; mas, se falei bem, por que me bates?’

Então, Anás enviou Jesus amarrado para Caifás, o sumo sacerdote. Não és tu também um dos discípulos dele? Pedro negou:

‘Não!

Simão Pedro continuava lá, em pé, aquecendo-se. Disseram-lhe:

‘Não és tu, também, um dos discípulos dele?’

Pedro negou:

‘Não!’

Então um dos empregados do sumo sacerdote, parente daquele a quem Pedro tinha cortado a orelha, disse:

‘Será que não te vi no jardim com ele?’ Novamente Pedro negou. E na mesma hora, o galo cantou. O meu reino não é deste mundo. 

De Caifás, levaram Jesus ao palácio do governador. Era de manhã cedo. Eles mesmos não entraram no palácio, para não ficarem impuros e poderem comer a páscoa. Então Pilatos saiu ao encontro deles e disse:

‘Que acusação apresentais contra este homem?’

Eles responderam:

‘Se não fosse malfeitor, não o teríamos entregue a ti!’

Pilatos disse:

‘Tomai-o vós mesmos e julgai-o de acordo com  a vossa lei.’

Os judeus lhe responderam:

‘Nós não podemos condenar ninguém à morte’. Assim se realizava o que Jesus tinha dito, significando de que morte havia de morrer.

Então Pilatos entrou de novo no palácio, chamou Jesus e perguntou-lhe:

‘Tu és o rei dos judeus?’

Jesus respondeu:

‘Estás dizendo isto por ti mesmo, ou outros te disseram isto de mim?’

Pilatos falou:

‘Por acaso, sou judeu? O teu povo e os sumos sacerdotes te entregaram a mim. Que fizeste?’.

Jesus respondeu:

‘O meu reino não é deste mundo. Se o meu reino fosse deste mundo, os meus guardas lutariam para que eu não fosse entregue aos judeus. Mas o meu reino não é daqui.’

Pilatos disse a Jesus:

‘Então tu és rei?’

Jesus respondeu:

‘Tu o dizes: eu sou rei. Eu nasci e vim ao mundo para isto: para dar testemunho da verdade. Todo aquele que é da verdade escuta a minha voz.’

Pilatos disse a Jesus:

‘O que é a verdade?’ Ao dizer isso, Pilatos saiu ao encontro dos judeus, e disse-lhes:

‘Eu não encontro nenhuma culpa nele. Mas existe entre vós um costume, que pela Páscoa eu vos solte um preso. Quereis que vos solte o rei dos Judeus?’

Então, começaram a gritar de novo:

‘Este não, mas Barrabás!’ Barrabás era um bandido. Viva o rei dos judeus! Então Pilatos mandou flagelar Jesus.

Os soldados teceram uma coroa de espinhos e colocaram-na na cabeça de Jesus. Vestiram-no com um manto vermelho, aproximavam-se dele e diziam:

‘Viva o rei dos judeus!’ E davam-lhe bofetadas.

Pilatos saiu de novo e disse aos judeus:

‘Olhai, eu o trago aqui fora, diante de vós, para que saibais que não encontro nele crime algum.’ Então Jesus veio para fora, trazendo a coroa de espinhos e o manto vermelho. Pilatos disse-lhes:

‘Eis o homem!’ Quando viram Jesus, os sumos sacerdotes e os guardas começaram a gritar:

‘Crucifica-o! Crucifica-o!’

Pilatos respondeu:

‘Levai-o vós mesmos para o crucificar, pois eu não encontro nele crime algum.’

Os judeus responderam:

‘Nós temos uma Lei, e, segundo esta Lei, ele deve morrer, porque se fez Filho de Deus’.

Ao ouvir estas palavras, Pilatos ficou com mais medo ainda. Entrou outra vez no palácio e perguntou a Jesus:

‘De onde és tu?’

Jesus ficou calado.

Então Pilatos disse:

‘Não me respondes? Não sabes que tenho autoridade para te soltar e autoridade para te crucificar?’

Jesus respondeu:

‘Tu não terias autoridade alguma sobre mim, se ela não te fosse dada do alto. Quem me entregou a ti, portanto, tem culpa maior.’  Fora! Fora! Crucifica-o!  Por causa disso, Pilatos procurava soltar Jesus.

Mas os judeus gritavam:

‘Se soltas este homem, não és amigo de César. Todo aquele que se faz rei, declara-se contra César’. Ouvindo estas palavras, Pilatos trouxe Jesus para fora e sentou-se no tribunal, no lugar chamado ‘Pavimento’, em hebraico ‘Gábata’. Era o dia da preparação da Páscoa, por volta do meio-dia. Pilatos disse aos judeus:

‘Eis o vosso rei!’

Eles, porém, gritavam:

‘Fora! Fora! Crucifica-o!’

Pilatos disse:

‘Hei de crucificar o vosso rei?’

Os sumos sacerdotes responderam:

‘Não temos outro rei senão César’.

Então Pilatos entregou Jesus para ser crucificado, e eles o levaram. Ali o crucificaram, com outros dois. Jesus tomou a cruz sobre si e saiu para o lugar chamado ‘Calvário’, em hebraico ‘Gólgota’. Ali o crucificaram, com outros dois: um de cada lado, e Jesus no meio. Pilatos mandou ainda escrever um letreiro e colocá-lo na cruz; nele estava escrito:

‘Jesus o Nazareno, o Rei dos Judeus’. Muitos judeus puderam ver o letreiro, porque o lugar em que Jesus foi crucificado ficava perto da cidade. O letreiro estava escrito em hebraico, latim e grego.

Então os sumos sacerdotes dos judeus disseram a Pilatos:

‘Não escrevas ‘O Rei dos Judeus’, mas sim o que ele disse: ‘Eu sou o Rei dos judeus’.’

Pilatos respondeu:

‘O que escrevi, está escrito’.

Repartiram entre si as minhas vestes. Depois que crucificaram Jesus, os soldados repartiram a sua roupa em quatro partes, uma parte para cada soldado. Quanto à túnica, esta era tecida sem costura, em peça única de alto a baixo.

Disseram então entre si:

‘Não vamos dividir a túnica. Tiremos a sorte para ver de quem será’.

Assim se cumpria a Escritura que diz: ‘Repartiram entre si as minhas vestes e lançaram sorte sobre a minha túnica’. Assim procederam os soldados. Este é o teu filho. Esta é a tua mãe.

Perto da cruz de Jesus, estavam de pé a sua mãe, a irmã da sua mãe, Maria de Cléofas, e Maria Madalena. Jesus, ao ver sua mãe e, ao lado dela, o discípulo que ele amava, disse à mãe:

‘Mulher, este é o teu filho’.

Depois disse ao discípulo:

‘Esta é a tua mãe’.

Daquela hora em diante, o discípulo a acolheu consigo. Tudo está consumado. Depois disso, Jesus, sabendo que tudo estava consumado, e para que a Escritura se cumprisse até o fim, disse:

‘Tenho sede’.

Havia ali uma jarra cheia de vinagre. Amarraram numa vara uma esponja embebida de vinagre e levaram-na à boca de Jesus. Ele tomou o vinagre e disse:

‘Tudo está consumado’. E, inclinando a cabeça, entregou o espírito. 

E logo saiu sangue e água. Era o dia da preparação para a Páscoa. Os judeus queriam evitar que os corpos ficassem na cruz durante o sábado, porque aquele sábado era dia de festa solene. Então pediram a Pilatos que mandasse quebrar as pernas aos crucificados e os tirasse da cruz. Os soldados foram e quebraram as pernas de um e depois do outro que foram crucificados com Jesus. Ao se aproximarem de Jesus, e vendo que já estava morto, não lhe quebraram as pernas; mas um soldado abriu-lhe o lado com uma lança, e logo saiu sangue e água.

Aquele que viu, dá testemunho e seu testemunho é verdadeiro; e ele sabe que fala a verdade, para que vós também acrediteis. Isso aconteceu para que se cumprisse a Escritura, que diz: ‘Não quebrarão nenhum dos seus ossos’. E outra Escritura ainda diz: ‘Olharão para aquele que transpassaram’.

Envolveram o corpo de Jesus com os aromas, em faixas de linho. Depois disso, José de Arimatéia, que era discípulo de Jesus – mas às escondidas, por medo dos judeus – pediu a Pilatos para tirar o corpo de Jesus. Pilatos consentiu.

Então José veio tirar o corpo de Jesus. Chegou também Nicodemos, o mesmo que antes tinha ido a Jesus de noite. Trouxe uns trinta quilos de perfume feito de mirra e aloés. Então tomaram o corpo de Jesus e envolveram-no, com os aromas, em faixas de linho, como os judeus costumam sepultar. No lugar onde Jesus foi crucificado, havia um jardim e, no jardim, um túmulo novo, onde ainda ninguém tinha sido  sepultado. Por causa da preparação da Páscoa, e como o túmulo estava perto, foi ali que colocaram Jesus.  


Reflexión

Hoy nos ofrece la reflexión del Evangelio el padre Ignacio Belo

Estes dois capitulos, o 18 e o 19, do Evangelho de João, que meditamos em 6ª feira santa, descrevem o processo da paixão de Cristo: a prisão de Jesus; a negação de Pedro, quando Jesus está diante de Anás e Caifás; o episódio de Jesus diante de Pilatos; a flagelação de Jesus; a condenação à morte; a crucifixão; a partilha das vestes; o encontro com Maria, mãe de Jesus; a morte de Jesus; o golpe da lança feita pelos soldados no peito de Jesus; e o sepultamento.

Esta série de situações no contexto dos últimos momentos de Jesus, entre os discipulos, em forma de Mestre, permite aos que O seguiam e a nós hoje, entender que o processo de Jesus parece ser uma organização de males sucessivos, entre os intervenientes da sociedade do tempo, tal como o são hoje nos nossos dias. As lideranças querem organizar-se, dispensando o Mestre, Jesus de Nazaré, tal como muitos dos nossos contemporâneos do nosso dia a dia, vivem muito tempo em fuga às propostas de Jesus e à Palavra de Deus que está ao nosso alvance.

Deixemo-nos emocionar com este relato da paixão do Senhor. deixemos que a nossa inteligência beneficie das suas propostas. Deixemos que a palavra de Deus que escutámos, que podemos ler e sentir as ansiedades dos que nos acompanham na vida. Deixemos que este processo que mata Jesus, também mate em nós o que estes perseguidores manifestam os males, os ódios, as raivas, as angústias, as tristezas, as dores, os sofrimentos; e tal como levou o Senhor à ressurreição, nos faça resurgir como novos, sádios, alegres, felizes, ternos, generosos, verdadeiros, santos.

O conjunto das ações contra Jesus para o matar, retiram da cena social e pessoal este Mestre, impedindo os que O seguiam, num processo de continuidade. Não foi apenas no tempo de Jesus de Nazaré, que O levaram à morte. Também hoje os que seguem Jesus, podem sentir de muitos modos as mesmas perseguições, as mesmas ameaças e dificuldades. Mas todos sabemos que com Ele em nós: a fé nos fortalece; a esperança ganha sempre mais terreno na nossa vida; e a caridade para com os outros, continua a afirmar que as nossas escolhas por Ele são para nós benefício.

O caminho de Jesus para a ressurreição foi este e o nosso, de certo que passará por processos que se podem aproximar ao d´Ele, em continua identificação, em permanente sabor da vitória, que ganha na totalidade na ressurreição de Cristo, tal como o será na nossa vitória sobre a morte, na glória com o ressuscitado. Vamos continuar a crescer na intimidade com Jesus, expressa na fraternidade com os irmãos, na caridade para com os que nos acompanham. Feliz dia de paixão de Cristo neste imenso amor e neste intensa esperança.


La Colecta:

Mira con bondad, te suplicamos, Dios omnipotente, a esta tu familia, por la cual nuestro Señor Jesucristo aceptó ser traicionado y entregado a hombres crueles, y sufrir muerte en la cruz; quien vive ahora y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.  Amén.

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